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Siete días que han hecho temblar a Infantino

Y las cuentas que hay que hacer para sacarlo de la poltrona de FIFA

No deja de ser irónico que el presidente que más a desgastado el mantra de que el fútbol une al mundo haya abocado a ese deporte a una especie de guerra civil mundial. Porque tras la Infantinada de la semana pasada y la rebelión capitaneada por UEFA y seguida por Asia y Concacaf, eso es lo que se está dibujando sobre el tablero: una partida del Risk entre dos bandos, los que aún siguen defendiendo a Gian Vincenzo Infantino y los que quieren verle fuera de la FIFA. Los primeros controlan las 54 federaciones africanas -con Marruecos como gran puntal- y seguramente también las del Golfo Pérsico y las sudamericanas. El bloque rebelde maneja los 55 votos europeos y probablemente algunos más en Asia y Norteamérica. Ambos bandos pugnarán -si no lo están haciendo ya- por ver quién convence a más asociaciones indecisas.

Lo dicho, una partida de Risk pero con figuritas del Subbuteo.

Y todo por culpa de Bad Gianni, que no es ni de lejos el lápiz más afilado del estuche. Tal vez su torpeza a la hora de disimular sus limitaciones -y también sus intenciones-, así como su predisposición al lacayismo le convierte en una figura especialmente antipática. Pero la conclusión del Mundial, de su Mundial -el de los 48 equipos, las pausas de hidratación, el escándalo de la roja a Balogun y el show a-la-Superbowl de la final- no hizo sino reforzar su triunfalismo. Como muestra, su facturita en forma de post de Instagram donde atacaba a los críticos. Y con el triunfalismo ha llegado también una deficiente valoración de los riesgos, un incorrecto cálculo de sus apoyos y una sorpresa: un periodista de eso que ahora llaman legacy media (el periodismo está en crisis en contraposición a la comunicación de influencia) se le adelantó.

Las federaciones dicen que no sabían nada. Su número dos, Grafstrom, tampoco. Wenger -menudo papelón el suyo- también asegura haberse enterado por la prensa. La sensación de impunidad que debe proporcionar un cargo como presidente de la FIFA y la avaricia de un personaje como Infantino han terminado por romper la venda que muchas federativos llevaban sobre los ojos.

Y ahora, si nada lo remedia, nos abocamos a la guerra civil del fútbol: ya sabéis, el deporte que une al mundo.

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Los números del posible golpe palaciego

43 federaciones bastan para convocar un Congreso extraordinario

El artículo 25.4 establece que el Consejo de la FIFA debe convocar un Congreso extraordinario cuando lo solicite por escrito una quinta parte de las asociaciones miembro:

  • FIFA tiene 211 federaciones.

  • Una quinta parte son 42,2.

  • Por tanto, se necesitan 43 federaciones.

La petición debe especificar expresamente el contenido del orden del día. El Congreso debe celebrarse dentro de los tres meses siguientes y, una vez convocado, su agenda no puede modificarse.

Es decir, las 43 federaciones no destituyen a Infantino: únicamente pueden forzar que se abra el escenario institucional donde se vote su continuidad.

Para destituirlo: mayoría simple de los votos válidos emitidos

El artículo 28 contempla expresamente entre las competencias del Congreso la “elección o destitución del presidente”. Como los Estatutos no fijan para esa destitución una mayoría cualificada especial, se aplica la regla general del artículo 30.9:

mayoría simple —más del 50 %— de los votos válidos emitidos.

Además, las reglas del Congreso aclaran que:

  • las abstenciones no cuentan;

  • los votos en blanco o inválidos tampoco;

  • la mayoría se calcula únicamente sobre los votos válidos efectivamente emitidos.

Por tanto, si hubiera asociaciones que optasen por inhibirse -absteniéndose o votando en blanco- el umbral de los votos necesarios para echar a Infantino podría bajar incluso de los 100. 106 no es un umbral estatutario fijo. Es la mayoría simple únicamente en un Congreso en el que las 211 federaciones voten afirmativa o negativamente, sin abstenciones ni votos inválidos.

La moción debe pedir formalmente la destitución

Una simple “moción de censura” o “voto de no confianza” podría tener un enorme peso político, pero no necesariamente producir por sí mismo el cese jurídico.

Para evitar esa zona gris, la solicitud de las 43 federaciones debería incluir en el orden del día algo inequívoco, por ejemplo:

“Propuesta de destitución del presidente de la FIFA conforme a los artículos 28 y 30 de los Estatutos”.

Esto importa porque la agenda del Congreso extraordinario no puede alterarse después. Si solo se convocase para “debatir la situación de la presidencia” o para votar una declaración de censura, Infantino podría discutir que el resultado expresa desaprobación política, pero no constituye formalmente su destitución.

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