Domingo, 13 de enero de 1991. Como cada día de partido, miles de aficionados del RCD Espanyol pululan por el barrio de Sarrià. A la salida del estadio, algunos se quedan a tomar algo por los bares de alrededor. A esa misma hora de la tarde, a 800 kilómetros, el FC Barcelona concluye su visita al Carlos Tartiere de Oviedo. Es el momento para que cinco Boixos Nois abandonen un bar en el barrio de Gràcia y se suban a un Ford Fiesta con sed de venganza.
Esa tarde de invierno el fútbol español inscribirá su primera víctima mortal por hooliganismo. A falta de 15 meses para la inauguración de los Juegos Olímpicos, la capital catalana se convertirá en uno de los epicentros del movimiento ultra: pasiones futboleras e ideologías extremas irán germinando en los fondos de los estadios, dibujando una temible espiral de odio y violencia.
Brigadas Blanquiazules y Boixos Nois: tan lejos, tan cerca.




