Cuando el fútbol sangró por la muerte de Luciano Re Cecconi
El 18 de enero se cumplieron 49 años de una muerte que colapsó al fútbol italiano. Casi medio siglo después, las heridas de esa Roma inundada por la violencia todavía siguen abiertas
Artículo de Toni Solomando (@reollots)
Roma, 18 de enero de 1977. El invierno aprieta. El frío y la lluvia se han convertido en los acompañantes habituales del pueblo romano. Pero Luciano Re Cecconi (Nerviano, Milán, 1948) no está triste. Tras una larga espera, Renato Ziaco, el doctor de la Società Sportiva Lazio, le ha comunicado que la lesión de la rodilla que le ha tenido apartado de los terrenos de juego durante meses ya está curada y podrá volver a jugar el fin de semana. Para celebrar la buena noticia, el mediocentro decide salir un rato con sus compañeros de equipo Pietro Ghedin y Renzo Rossi para juntarse con un amigo en común, Giorgio Fraticcioli. Cuando cae la tarde, se dirigen por la vía Francesco Saverio Nitti a visitar a Bruno Tabocchini, otro amigo que está trabajando en su joyería. El temporal les obliga a buscar un mínimo techo que les aleje de la fría lluvia. Tapados hasta el cuello con sus chaquetas, pasan por la calle completamente desapercibidos. Sin embargo, a Luciano se le reconoce gracias a su inconfundible melena, que le ha otorgado el apodo de “L’Angelo Biondo” (‘El Ángel Rubio’).
“¡Arriba las manos! Esto es un asalto!”
Movido por la alegría y la euforia, ese día Luciano quiso gastar una broma a su amigo. Fue el primero en entrar en la joyería y se hizo notar a gritos. ”¡Arriba las manos! Esto es un asalto!”, exclamó. Lo siguiente que se escuchó fue un disparo. Tabocchini, sin reconocer a su colega, se dio vuelta asustado y, sin pensarlo dos veces, desenfundó una Walther 7’65 que utilizó para abatir de un solo balazo en el pecho a Re Cecconi. Luciano cayó al suelo. Ghedin, Rossi y Fratticioli quedaron petrificados. No comprendían lo que acababa de pasar. No escucharon ni vieron nada. Cuando se inclinaron para ayudar a su amigo escucharon como, a duras penas, el nervianesi lanzó las que, presuntamente, serían sus últimas palabras: “Era una broma…”.
La bala entró por el esternón, y al resbalar por la espina dorsal, laceró la vena aorta del futbolista de 28 años. Falleció solo media hora después, dejando atrás a una hinchada entera, y, lo más importante, a su mujer embarazada de una niña y con un hijo de dos años.





