Anticolonialismo en vida y muerte
El extinto estadio Ikada fue el epicentro de las esperanzas de futuro de una Indonesia independiente
El fútbol es un símbolo y actúa como tal: su valor es mayor o menor en función del que le queramos dar. El deporte rey llegó a Indonesia como a muchos otros lugares, es decir, por culpa de un país europeo con ansias de hacerse con un trozo de un pastel llamado mundo. El balón puede considerarse como uno de los pocos aspectos positivos que el Viejo Continente aportó en aquellos lugares que asaltó. También como una mísera moneda de cambio con sabor a migaja ante el expolio protagonizado por los colonos. La sociedad indonesia, sin embargo, se lo apropió. En la capital, Yakarta, convirtió el ahora extinto estadio Ikada en un punto neurálgico de los deseos de independencia.
Los orígenes del terreno que ocupó el estadio Ikada son anteriores al auge del fútbol reglado. La creación del campo (en su sentido literal) es atribuido a Herman Willem Daendels, gobernador de las antiguas Indias Occidentales Neerlandesas desde 1808 hasta 1811. Tras formar parte del Ejército Revolucionario francés en 1794, Daendels fue fiel a Napoleón Bonaparte. Años más tarde, con Luis Bonaparte al frente del Reino de Holanda (1806-1810), fue recompensado con el puesto de gobernador. Originalmente, el espacio fue conocido como ‘Champ de Mars’, ya que su creación coincidió con la definitiva anexión de los Países Bajos por parte de Napoleón, fruto del descontento con su hermano Luis. Al parecer, compartido desde las Indias Occientales.






